El rey Arturo en la Casa Blanca

El presidente John F. Kennedy quedó asociado para siempre al mito de Camelot y del rey Arturo. Pero aquella imagen no fue fruto del azar. ¿Cómo nació una de las operaciones de construcción simbólica más influyentes de la política contemporánea?

NUEVOS AIRES, OPTIMISMO Y PROPAGANDA

  • Kennedy ofrecía un aspecto juvenil, pero sofisticado. Se rodeó, desde el primer momento, de artistas e intelectuales, mostrando una Casa Blanca abierta y culta.
  • Desde antes de llegar al poder, entendió perfectamente cómo utilizar los medios de comunicación y cómo emplear la propaganda a su favor, para mostrarse como un idealista.

EL NACIMIENTO DE CAMELOT

“No dejes que se olvide

que una vez existió un lugar,

por un breve y brillante momento,

conocido como Camelot.”

“Habrá grandes presidentes otra vez… pero nunca habrá otro Camelot. No dejéis que se olvide que una vez existió un lugar que, durante un breve y brillante momento, fue conocido como Camelot.”

John Fitzgerald Kennedy y su mujer Jacqueline, junto al árbol de Navidad de la Casa Blanca, en 1962
John F. Kennedy y Jacqueline Kennedy junto al árbol de Navidad de la Casa Blanca, 1962. Fotografía oficial de la Casa Blanca.

KENNEDY Y CAMELOT: CÓMO NACIÓ EL GRAN MITO POLÍTICO MODERNO

La asociación entre John F. Kennedy y Camelot no fue casual. Fue una construcción cultural cuidadosamente alimentada desde la propia Casa Blanca y el Partido Demócrata, sobre todo, tras el asesinato del presidente en 1963.

Frente a la política gris y envejecida de los años cincuenta, Kennedy aparecía como una figura épica, que representaba la juventud, la sofisticación, la cultura y el idealismo político. Su entorno entendió muy pronto el poder de la televisión y de Hollywood, para explotar esa imagen. Por ello, el paralelismo con el Arturo de la novela de T. H. White comenzó casi desde el momento en que llegó a la Casa Blanca.

CAMELOT EN LA CASA BLANCA

Marilyn Monroe, 1952.
Marilyn Monroe, 1952.

LAS GRIETAS DEL REINO

Pero igual que Camelot estaba lleno de contradicciones, la presidencia Kennedy distó mucho de ser perfecta. Detrás de la imagen heroica había graves problemas de salud ocultos, una vida privada caótica, relaciones extramatrimoniales constantes y una absoluta dependencia de medicamentos.

Tripulación del Apolo 13 (29 de abril de 1970).
Tripulación del Apolo 13, 1970. Fotografía: NASA.

LA CONSOLIDACIÓN DEL MITO

Se trataba de una visión melancólica y crepuscular. Un homenaje póstumo de Hollywood a ese Camelot ideal en que la propaganda había convertido la presidencia de Kennedy. Sin embargo, la película deja abierta una puerta a la esperanza.

En todas las leyendas artúricas, vemos a un Arturo moribundo, abandonado por todos, observando cómo el sueño de Camelot se destruía. Solo sir Lucan, el más fiel de todos los caballeros, se queda junto a él.

Pintura de John Mulcaster Carrick, titulada La muerte de Arturo (1862).
John Mulcaster Carrick, La muerte de Arturo (1862).

Sin embargo, el director Joshua Logan no quiere terminar con esta escena. La película termina con un diálogo entre Arturo y un niño llamado Tom de Warwick (personaje inventado por Logan). El rey le dice a Tom que huya de la batalla, corra por todas partes y diga a todo el mundo que Camelot existió y que no debe ser olvidado.

Sir Lucan representa la lealtad, pero también el reino que se ha perdido. Tom de Warwick representa a las generaciones futuras. A todos los niños que escucharán la historia de Arturo y Camelot y tendrán la oportunidad de construir otra vez ese reino ideal.

EL SUEÑO DE LA EDAD DE ORO ESTADOUNIDENSE

Por eso, el mito sobrevivió y creció. Las leyendas artúricas dicen que Arturo no murió, sino que espera en Avalon y de allí regresará, cuando Inglaterra lo necesite. Esta asociación con Arturo hizo que el Partido Demócrata no haya dejado, todavía en la actualidad, de buscar otro Arturo, que les devuelva a Camelot. Porque Camelot terminó significando algo más profundo que Kennedy. Camelot era la nostalgia de una política capaz de inspirar esperanza colectiva.

La razón profunda de todo esto es que Kennedy terminó simbolizando algo mucho más amplio que su presidencia real. Representa la juventud nacional, la confianza en el futuro, la cohesión cultural y la esperanza colectiva. Y cuanto más fragmentada y cínica parece la política moderna, más fuerte se vuelve esa nostalgia. Por eso Camelot sigue vivo en la mitología estadounidense y, especialmente, en los votantes demócratas.

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