El presidente John F. Kennedy quedó asociado para siempre al mito de Camelot y del rey Arturo. Pero aquella imagen no fue fruto del azar. ¿Cómo nació una de las operaciones de construcción simbólica más influyentes de la política contemporánea?
NUEVOS AIRES, OPTIMISMO Y PROPAGANDA
Después de los duros años de los presidentes Truman y Eisenhower, la llegada a la presidencia de los Estados Unidos de John F. Kennedy, en 1961, reunía una serie de características que invitaban al optimismo de los estadounidenses:
- Se trataba del primer presidente con menos de 50 años, desde el mandato de Theodore Roosevelt (1901-1909). Kennedy se convertía en presidente, con 43 años, en contraste con los dos sexagenarios anteriores.
- Kennedy era el primer presidente católico de la historia de Estados Unidos. Dos años antes (1959), el Papa Juan XXIII había convocado el Concilio Vaticano II, que comenzaría en 1962. Las minorías estadounidenses, especialmente los católicos, sentían una gran esperanza en la década que comenzaba.
- Kennedy ofrecía un aspecto juvenil, pero sofisticado. Se rodeó, desde el primer momento, de artistas e intelectuales, mostrando una Casa Blanca abierta y culta.
- Desde antes de llegar al poder, entendió perfectamente cómo utilizar los medios de comunicación y cómo emplear la propaganda a su favor, para mostrarse como un idealista.
EL NACIMIENTO DE CAMELOT
En 1958, T.H. White había publicado The Once and Future King (Camelot, en la traducción española). En este libro, Arturo era presentado como un líder joven y carismático, idealista, intelectual y obsesionado con construir un reino justo.
Basada en esta novela, en 1960, se estrenó el musical Camelot, que fascinaba a Kennedy. Según Jackie, su mujer, el presidente escuchaba frecuentemente la canción final antes de dormir:
“No dejes que se olvide
que una vez existió un lugar,
por un breve y brillante momento,
conocido como Camelot.”
Tras el asesinato de JFK, Jackie utilizó deliberadamente esa imagen en una entrevista para Life Magazine, en la que insistió en que la presidencia de su marido debía recordarse como Camelot: un lugar luminoso y fugaz, destruido antes de completar su promesa. Remató la entrevista con un mensaje que definiría la memoria pública de Kennedy durante décadas:
“Habrá grandes presidentes otra vez… pero nunca habrá otro Camelot. No dejéis que se olvide que una vez existió un lugar que, durante un breve y brillante momento, fue conocido como Camelot.”

KENNEDY Y CAMELOT: CÓMO NACIÓ EL GRAN MITO POLÍTICO MODERNO
La asociación entre John F. Kennedy y Camelot no fue casual. Fue una construcción cultural cuidadosamente alimentada desde la propia Casa Blanca y el Partido Demócrata, sobre todo, tras el asesinato del presidente en 1963.
Frente a la política gris y envejecida de los años cincuenta, Kennedy aparecía como una figura épica, que representaba la juventud, la sofisticación, la cultura y el idealismo político. Su entorno entendió muy pronto el poder de la televisión y de Hollywood, para explotar esa imagen. Por ello, el paralelismo con el Arturo de la novela de T. H. White comenzó casi desde el momento en que llegó a la Casa Blanca.
CAMELOT EN LA CASA BLANCA
Kennedy construyó una presidencia profundamente cultural. La Casa Blanca se presentó casi como una corte moderna. Kennedy se rodeó de escritores, historiadores, artistas e intelectuales. Fiiguras como John Steinbeck, Arthur M. Schlesinger Jr. o Norman Mailer ayudaron a reforzar la imagen de una nueva aristocracia intelectual estadounidense.
Incluso la relación con estrellas como Marilyn Monroe contribuyó a la asociación de la Casa Blanca con Camelot. Monroe aportaba belleza, encanto y tragedia romántica, pudiendo ser asociada a Ginebra, la reina de Camelot1 Ginebra, la esposa de Arturo, le traiciona con sir Lancelot, su mejor caballero y su amigo. En el caso de Kennedy y Marilyn, no hay evidencia fiable de que fueran amantes ni de que existiera una relación continuada. La mayor parte del relato procede de rumores, exageraciones mediáticas y ficción posterior, no de hechos comprobados.

LAS GRIETAS DEL REINO
Pero igual que Camelot estaba lleno de contradicciones, la presidencia Kennedy distó mucho de ser perfecta. Detrás de la imagen heroica había graves problemas de salud ocultos, una vida privada caótica, relaciones extramatrimoniales constantes y una absoluta dependencia de medicamentos.
En política exterior, el gran desastre fue la invasión de Bahía Cochinos, una humillante operación fallida contra Cuba que recuerda mucho a las expediciones mal concebidas de los caballeros artúricos. Incluso los brillantes asesores de Kennedy terminaron pareciéndose a la Mesa Redonda, ya que eran de una élite excepcional incapaz de evitar la caída del reino.
El mandato de Kennedy estaba lleno de sombras, como la guerra de Vietnam, la lucha por los derechos civiles, los disturbios racistas o la creciente polarización política. Al igual que Arturo presentó la búsqueda del Grial como la meta utópica de su reinado, Kennedy utilizó el programa espacial y y el objetivo de la llegada del hombre a la Luna, como el proyecto que podría mantener la ilusión. Del mismo modo que Arturo hizo soñar a sus caballeros con el Grial, Kennedy hizo soñar a los estadounidenses con las estrellas.

LA CONSOLIDACIÓN DEL MITO
El asesinato de Kennedy convirtió definitivamente la política en leyenda. Como Arturo herido en Camlann y llevado a Avalon, Kennedy quedó congelado para siempre. El político joven, brillante y eternamente prometedor nunca envejeció políticamente, ni sufrió el desgaste total del poder.
En 1967, ya asentado el mito de Kennedy por Jackie y el Partido Demócrata, Joshua Logan llevó al cine el musical Camelot. La película musical Camelot, rodada en los castillos españoles de Coca y Segovia, apareció en el momento en que la América optimista de los 60 había empezado a derrumbarse. La película no parecía ya anunciar un reino futuro, sino despedirse de uno perdido.
Se trataba de una visión melancólica y crepuscular. Un homenaje póstumo de Hollywood a ese Camelot ideal en que la propaganda había convertido la presidencia de Kennedy. Sin embargo, la película deja abierta una puerta a la esperanza.
En todas las leyendas artúricas, vemos a un Arturo moribundo, abandonado por todos, observando cómo el sueño de Camelot se destruía. Solo sir Lucan, el más fiel de todos los caballeros, se queda junto a él.

Sin embargo, el director Joshua Logan no quiere terminar con esta escena. La película termina con un diálogo entre Arturo y un niño llamado Tom de Warwick (personaje inventado por Logan). El rey le dice a Tom que huya de la batalla, corra por todas partes y diga a todo el mundo que Camelot existió y que no debe ser olvidado.
Sir Lucan representa la lealtad, pero también el reino que se ha perdido. Tom de Warwick representa a las generaciones futuras. A todos los niños que escucharán la historia de Arturo y Camelot y tendrán la oportunidad de construir otra vez ese reino ideal.
EL SUEÑO DE LA EDAD DE ORO ESTADOUNIDENSE
Por eso, el mito sobrevivió y creció. Las leyendas artúricas dicen que Arturo no murió, sino que espera en Avalon y de allí regresará, cuando Inglaterra lo necesite. Esta asociación con Arturo hizo que el Partido Demócrata no haya dejado, todavía en la actualidad, de buscar otro Arturo, que les devuelva a Camelot. Porque Camelot terminó significando algo más profundo que Kennedy. Camelot era la nostalgia de una política capaz de inspirar esperanza colectiva.
El Partido Demócrata ha creído encontrar a su nuevo Kennedy, a su Arturo, en Robert F. Kennedy, en Bill Clinton, en Barack Obama, en Al Gore, en Kamala Harris… Sin embargo, muchas veces se han decepcionado y otras tantas han fracasado.
La razón profunda de todo esto es que Kennedy terminó simbolizando algo mucho más amplio que su presidencia real. Representa la juventud nacional, la confianza en el futuro, la cohesión cultural y la esperanza colectiva. Y cuanto más fragmentada y cínica parece la política moderna, más fuerte se vuelve esa nostalgia. Por eso Camelot sigue vivo en la mitología estadounidense y, especialmente, en los votantes demócratas.
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