UN DRAMA MUY DURO
En 1962, Blake Edwards llevó al cine Días de vino y rosas (título original Days of Wine and Roses), con guion de J. P. Miller. La historia no era completamente nueva: Miller adaptaba su propio drama televisivo, emitido en 1958 dentro de la prestigiosa serie Playhouse 90, donde ya había abordado el alcoholismo con una crudeza poco habitual en la televisión de la época.

El hecho de contratar como protagonista a Jack Lemmon, encasillado en papeles cómicos, hizo que la gente fuese a verla como una comedia. Nada más lejos de la realidad. De hecho, en algunos pases previos hubo espectadores que abandonaron la sala al encontrarse con un drama mucho más sombrío de lo que esperaban de una película protagonizada por Lemmon. La película deja una profunda angustia, la que produce la soledad del capitalismo, del fracaso del sueño americano.
Joe Clay (Jack Lemmon) es un joven relaciones públicas, que conoce a Kirsten (Lee Remick), una mujer dulce y de espíritu libre. Lo que empieza como un romance feliz se convierte pronto en un infierno: Joe arrastra a Kirsten al alcoholismo, y juntos caen en una espiral de autodestrucción. La película narra su vida de excesos, intentos de recuperación y recaídas, con un tono demoledor y sin concesiones.
Fue una película especialmente valiente en su retrato realista del alcoholismo, sin edulcorar sus consecuencias. No era la primera película estadounidense que abordaba seriamente este problema, pero Días de vino y rosas lo hizo colocando en el centro del relato la destrucción progresiva de una pareja aparentemente integrada en la sociedad. Porque los protagonistas no son gente marginal, sino dos personas de lo que se consideraba la exitosa clase media, que aspiraba a triunfar en el trabajo y ascender socialmente. Por eso, es doloroso ver cómo alguien que, en apariencia, es lo que el capitalismo llama triunfador, necesita recurrir al alcohol para llenar el vacío existencial y la soledad que experimenta dentro de ese modelo de vida.

CAPITALISMO Y ALIENACIÓN
La película es más que una historia de amor roto por el alcohol. Puede leerse también como el retrato de un sistema que empuja a la evasión. Joe trabaja en un empleo alienante, donde el éxito social se mide en cócteles y fiestas. El alcohol aparece como un lubricante de las relaciones profesionales y sociales. Beber no es únicamente un placer, es una herramienta de integración social. En esa lógica, el individuo no importa. Importa la máscara, la apariencia de felicidad. La bebida es la excusa para olvidar la frustración diaria y seguir produciendo.
Esta lectura no significa que la película presente el capitalismo como causa directa del alcoholismo de Joe y Kirsten. Lo que sí muestra es un ambiente laboral y social en el que el consumo de alcohol está completamente normalizado y forma parte de los mecanismos de relación, integración y éxito profesional.

FALSAS SALIDAS Y UNA DIFÍCIL ALTERNATIVA
La película muestra lo difícil que resulta encontrar un «afuera». Joe y Kirsten intentan escapar durante un tiempo de la vida que llevaban, pero vuelven a caer. Joe y Kirsten buscan en el alcohol un alivio, pero encuentran una prisión más cruel. Desde una lectura crítica, puede verse como un recordatorio de cómo una sociedad basada en el consumo ofrece numerosas formas de evasión (alcohol, drogas, juego, consumismo) que pueden aliviar momentáneamente el malestar sin resolver aquello que lo provoca.
El desenlace es duro. El alcohol rompe el amor, destruye la familia y deja a los personajes rotos. Sin embargo, la película sí muestra una posible salida individual. Joe consigue mantenerse sobrio gracias a Alcohólicos Anónimos y al apoyo de su padrino, Jim Hungerford. Es significativo que su recuperación comience precisamente cuando deja de enfrentarse solo al problema y acepta la ayuda de una comunidad. Kirsten, en cambio, todavía no es capaz de hacerlo.
La tragedia no consiste, por tanto, en que no exista ninguna alternativa, sino en que esa alternativa exige reconocer la propia dependencia, aceptar ayuda y romper con una forma de vida que ambos habían construido juntos. Joe puede acompañar a Kirsten, pero no puede tomar esa decisión por ella.
LA NECESIDAD DE ACTUAR
Días de vino y rosas es una advertencia. No basta con compadecerse de Joe y Kirsten. También podemos preguntarnos por las condiciones sociales que rodean su caída. El alcoholismo es una adicción y no puede reducirse únicamente a una consecuencia del sistema económico; pero la normalización del alcohol como forma de ocio, evasión e integración social tampoco es ajena al mundo en el que viven los protagonistas. El reto para la clase obrera es crear espacios de solidaridad, cultura, ocio y resistencia que ofrezcan alternativas reales a la evasión. Frente a la soledad y las falsas salidas, la respuesta puede encontrarse también en la comunidad, la solidaridad y la creación de vínculos colectivos.
Días de vino y rosas nos arranca la sonrisa amarga de quienes reconocemos en ella una trampa que sigue vigente. Cuando la vida cotidiana nos aplasta, resulta fácil buscar vías de escape en el alcohol, en pastillas, en pantallas. Pero la salida no está en la botella. La propia película nos muestra que Joe solo empieza a salir de ella cuando reconoce su problema y acepta la ayuda de otros. Desde una perspectiva más amplia, quizá podamos añadir algo más. Una sociedad capaz de crear comunidad, vínculos y alternativas a la soledad hará menos necesario buscar refugio en aquello que termina destruyéndonos.
Este artículo lo publiqué, originalmente, el 28 de agosto de 2025, en el blog de Lucha Popular, con el que colaboro asiduamente.
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