Capitanes intrépidos: cómo un niño mimado aprende a ser hombre

Su protagonista, Harvey Cheyne, es el hijo de un rico empresario estadounidense. Ha crecido rodeado de comodidades y acostumbrado a conseguir prácticamente todo lo que quiere. Es caprichoso, arrogante y está convencido de que el dinero de su padre puede solucionar cualquier problema. Pero su vida cambia por completo cuando cae al mar durante un viaje y es rescatado por la tripulación de un barco pesquero.

Harvey pretende que lo devuelvan inmediatamente a tierra y asegura que su padre recompensará generosamente a quien lo haga. Sin embargo, los pescadores no están dispuestos a abandonar su trabajo por las exigencias de un muchacho consentido. Tendrá que permanecer con ellos hasta que termine la campaña de pesca. Y allí descubre un mundo completamente diferente al suyo.

En el barco no importa quién es su padre ni cuánto dinero tiene su familia. Si quiere comer y formar parte de la tripulación, tendrá que trabajar como los demás. Harvey aprende a obedecer, a esforzarse, a colaborar y a asumir responsabilidades. Por primera vez en su vida comprende que el respeto de los demás no se compra: hay que ganárselo.

MUCHO MÁS QUE UNA NOVELA DE AVENTURAS

Ese es, para mí, el verdadero corazón de Capitanes intrépidos. El mar y la pesca proporcionan el escenario de la aventura, pero la transformación de Harvey constituye la historia principal. El muchacho que sube al barco y el que regresa a tierra no son la misma persona.

Kipling enfrenta a Harvey con adultos acostumbrados al esfuerzo, al peligro y a la responsabilidad. Nadie lo trata como al hijo privilegiado de un hombre rico. Para ellos es simplemente un muchacho que tiene que aprender cuál es su lugar dentro de una comunidad en la que todos dependen de todos. Y precisamente por eso empieza a cambiar.

Hay algo especialmente interesante en ese aprendizaje: Harvey no madura porque alguien le dé grandes discursos sobre cómo debe comportarse. Madura porque comienza a sentirse útil. Descubre la satisfacción de hacer bien un trabajo, de ser reconocido por los demás y de pertenecer a un grupo no por su apellido o por el dinero de su familia, sino por lo que él mismo aporta.

DE KIPLING AL CINE

La película introduce cambios respecto a la obra de Kipling, pero conserva su idea fundamental: el viaje de Harvey desde el egoísmo y la arrogancia hacia la madurez.

Especialmente importante es su relación con Manuel, el marinero interpretado por Spencer Tracy. Manuel se convierte para Harvey en mucho más que uno de los hombres que trabajan en el barco. Entre ambos surge un vínculo afectivo que hace que el aprendizaje del muchacho no consista únicamente en trabajar y obedecer. Harvey empieza también a descubrir el cariño, la lealtad y la importancia que otras personas pueden llegar a tener en nuestra vida. Y ahí está buena parte de la fuerza emocional de la película.

Harvey y Manuel conversando a bordo del barco en Capitanes intrépidos (1937).
Fotograma de Capitanes intrépidos (Victor Fleming, 1937). © Metro-Goldwyn-Mayer.

UNA HISTORIA JUVENIL TAMBIÉN PARA ADULTOS

A veces cometemos el error de pensar que una novela protagonizada por un niño o escrita pensando también en lectores jóvenes tiene poco que ofrecer a un adulto. Capitanes intrépidos demuestra justamente lo contrario.

La historia de Harvey habla de crecer, pero también de algo que no pertenece exclusivamente a la infancia: descubrir que el mundo no gira alrededor de nosotros. Habla del esfuerzo, de la amistad, de la responsabilidad y de cómo determinadas personas pueden aparecer en nuestra vida durante un tiempo relativamente breve y, sin embargo, dejarnos transformados para siempre.

Por eso recomiendo las dos obras. Primero, la novela de Rudyard Kipling. Después, la película de Victor Fleming.

Y si hace muchos años que viste la película, quizá sea buen momento para volver a ella. Algunas historias que conocimos siendo niños se entienden de una manera muy distinta cuando regresamos a ellas siendo adultos.

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